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Las siete chicas se quitaron sus batines de seda negra y el contraste con la blancura de su piel fue hipnótico. Johnny no podía apartar la mirada. Sus siluetas se recortaban contra la luz que entraba por las ventanas (siempre les había gustado lo del exhibicionismo) y el encaje que vestía sus cuerpos parecía aún más atractivo.

Lo que sobre todo le gustó es que todas las chicas, de Anne a Mariella, tenían una mirada de esas que no temen nada, de esas que declaran cuándo se está dispuesto/a a todo, y no había mejor punto de partida para lo que ahí estaba a punto de pasar. Poco pensaba Johnny que cuando contrató a las escorts que puedes  la experiencia iba a ser tan excitante desde el inicio.

Fue entrar a esa habitación y descubrir los batines por el suelo, las chicas besándose, algún que otro lametón travieso en un pezón, esa preciosidad, Carla acercándose a él y atrayéndole suavemente hacia su cuerpo y arrastrándole al círculo que formaban las otras seis escorts…

Sentía el calor del cuerpo de Carla, sus pechos aprisionándose contra el suyo, los suspiros con los que ella le contó lo que iba a pasar a continuación. Johnny sentía que no se iba a poder contener.

—Tú eres nuestro amo esta noche. Dinos qué quieres que hagamos.

Y Johnny lo tuvo claro. Aquellas escorts iban a hacer realidad el sueño de su vida y el final sería un lúbrico y delicioso bukkake, pero hasta llegar allí iba a disfrutar del camino. Cogió a Letizia y la tendió sobre el diván que había en la sala. Hizo que Anne le tapara los ojos mientras él empezaba a besarle detrás de las orejas, en el cuello, descendiendo poco a poco hasta llegar a su cintura. Y le arrancó las bragas. Hizo que otra de las escorts empezara a penetrarla con la mano mientras él se montaba encima de Carla a la altura de su cara. Y empezó a hacerle una felación.

Mientras tantos las escorts que no estaban en el diván retozaban entre ellas, unas con otras, jugando con arneses y dildos y pasándose por el diván de vez en cuando a tentar a Johnny con sus encantos, mientras jugaban con su cuerpo y le hacían muy difícil no irse. Pero él no quería aún. Comandó juegos de arneses, algunas sogas, montó un tren de escorts. Y Carla, que le había encandilado desde el principio… la hizo ponerse un arnés con dildo y darles a todas lo suyo empezando por la primera y acabando por la última como si fueran una ordenada manada de huskies. Con la diferencia de que no había látigo: Johnny se servía de su propio cuerpo, y a ellas les volvía locas. Hasta que la cosa se salió de madre y las perras se desataron y llegó el bukkake final más excesivo y ardiente y sucio que Johnny había imaginado.

Está pensando ya en volver a llamar a las escorts…